AGUA VEN. Ensayos para una matriz regenerativa es un proyecto de investigación artística y paisajística en terreno, es también una obra de land art, una película y una instalación audiovisual, un fanzine y diversas activaciones.
Financiada por el Fondart de Creación Nacional Convocatoria 2024, Agua Ven es una creación concebida por la artista y paisajista Andrea Gutés, la cineasta y artista visual Meliza Luna y la historiadora del arte y curadora Catalina Valdés y desarrollada por un equipo amplio e interdisciplinario de personas provenientes de áreas tan variadas como el cine y la agroecología, la academia y el mundo rural. En cada una de sus activaciones, esperamos visibilizar la historia del bosque costero de la región del Maule a través de su propia restauración.
La instalación de Agua Ven se despliega en la localidad Aguas Buenas, a medio camino entre Constitución y Talca en la cordillera de la Costa de la región del Maule, en un terreno familiar que fue hasta mediados del siglo XX un robledal de alta biodiversidad, con presencia de mamíferos de gran y mediano tamaño, insectos, flora y funga de alto nivel de endemismo. Aislado, rodeado por plantaciones de pinos que no cesan de expandirse, el predio fue profundamente afectado por los incendios forestales de 2015-2017 que provocaron la casi total devastación del bosque nativo. Hasta la intervención de Agua Ven, se trataba de un terreno profundamente erosionado, donde lo poco de vida que resistía, se encontraba gravemente amenazada. En la última década, el suelo erosionado por el fuego comenzó a poblarse de Pinus radiata, la especie introducida para el fomento de la industria forestal, altamente invasora, con gran potencial de reproducción espontánea y que hoy invade gran parte de los paisajes del Chile central.

El bosque maulino es un ecotono, una zona de transición entre el bosque esclerófilo de la zona central y las formaciones de climas más templados hacia el sur. Sin embargo, desde la década de 1980, y con un crecimiento exponencial, las plantaciones forestales de pino han ido cercando los pocos fragmentos de bosque que han ido quedando, dejando en su lugar lo que muchas veces se describe como un desierto verde. Este proceso ha alterado profundamente las formas de vida humanas y más-que-humanas, afectando desde los ciclos hídricos y climáticos a escala de microcuencas hasta la microbiota del suelo. Las causas políticas, económicas y sociales de este extractivismo no forman parte central de esta reflexión, pero constituyen un trasfondo ineludible.
Pensar como un bosque
Para responder a la pregunta “Si en la naturaleza todo cumple un rol único e irreemplazable, ¿cuál es el nuestro?” nos propusimos pensar como un bosque: pensar cómo se forma un bosque y cómo se regenera luego de un evento devastador, siguiendo dinámicas que desde la ecología se sintetizan en el concepto de sucesión ecológica. Se entiende la sucesión ecológica como un proceso en el cual distintas especies se van sucediendo en el tiempo hasta llegar a una comunidad clímax. En el caso de una sucesión secundaria, como la que ocurre después de un incendio, este proceso puede tardar más de ciento cincuenta años.
Luego de un incendio, las primeras en aparecer son las especies anuales, que generan flores. Estas flores atraen insectos; los insectos atraen aves; y las aves transportan semillas de arbustos y árboles, que comienzan a generar suelo y permiten que, con el tiempo, se establezcan comunidades vegetales más complejas. Si el proceso natural de regeneración funciona de esta manera, entonces la pregunta no es cómo reemplazarlo, sino cómo participar.
Pensar como un bosque implica observar de manera integrada las dinámicas hídricas, la topografía y el suelo. En la cordillera de la Costa, caracterizada por laderas y microvalles, cuando estas laderas están deforestadas y expuestas, frente a episodios de lluvias intensas el agua escurre con fuerza, arrastra el suelo fértil y genera cárcavas: profundas heridas en el territorio que evidencian procesos de erosión hídrica acelerada.
A partir de esta observación, el equipo recordó una imagen que resultó clave para el proyecto: la de una obra desarrollada por la empresa de paisajismo regenerativo Symbiótica en el marco de una licitación junto a CONAF. Lo que llamó la atención no fue solo su dimensión técnica, sino su forma —una obra construida con piedras del lugar que remitía inmediatamente a una letra, a una “U”. A partir de esa observación surgió la idea de escribir, o más bien inscribir, una palabra en el territorio: cada intervención sería diseñada como una escultura en el paisaje, generando una gran obra de land art regenerativa. Así nació AGUAVEN: como un grito de emergencia, un llamado al cielo, una evocación al agua en el contexto de la megasequía que atravesaba el país cuando el proyecto comenzó a gestarse.
Mirada y acción multidisciplinar
Para llevar esta idea a terreno, el equipo trabajó con siete asesores provenientes de la ecología, la agroforestería, el paisajismo regenerativo, la micología y el conocimiento local. Se realizaron levantamientos de especies, observación de fauna, análisis de pendientes y un levantamiento topográfico con curvas de nivel que permitió definir con precisión dónde intervenir. A partir de este proceso se definieron cuatro metodologías de trabajo, entendidas como ensayos.
La primera es la regeneración pasiva, que consiste en dejar de intervenir: cercar un área y permitir que la sucesión ecológica ocurra. En un contexto donde históricamente cercar ha significado apropiarse y explotar, aquí cercar implica quedarse afuera, observar y permitir que los procesos de regeneración se activen con sus propios ritmos. Estudios de largo plazo demuestran que la exclusión de perturbaciones permite que ecosistemas degradados se vuelvan a complejizar con el tiempo, pasando gradualmente de praderas simples a matorrales y luego a formaciones arbóreas más complejas.
La segunda es el nodrizaje o cobertura del suelo. El suelo descubierto pierde rápidamente humedad y nutrientes, se calienta, se erosiona y pierde vida, acelerando procesos de desertificación. Cubrir el suelo con ramas, hojas o paja es imitar al bosque en todas sus capas: las plantas de ciclo corto actúan como plantas nodrizas, protegiendo a aquellas que crecen más lento del exceso de sol, del viento o de las heladas. Al completar su ciclo, estas plantas vuelven al suelo como cobertura, cerrando un proceso en el que cuidado, regeneración y tiempo están profundamente entrelazados.

La tercera es la retención e infiltración de aguas (materializada en las OCAS, Obras de Conservación de Agua y Suelo), que se basa en un principio simple: desacelerar el agua en el territorio. Cuando el agua corre, erosiona; cuando camina, comienza a infiltrarse; cuando gatea, se queda; y cuando se queda, regenera. A partir de una observación prolongada del terreno —con los pies, con los oídos, con el cuerpo entero— se diseñaron aterrazamientos, zanjas de infiltración, diques, fajinas y pequeñas lagunas, así como recorridos con piedras y troncos que ralentizan el agua, permitiéndole infiltrar las capas del suelo sin causar erosión.
La cuarta es la siembra y autosiembra de praderas nativas. En un paisaje dominado por el monocultivo forestal, sembrar flores nativas es un acto de resistencia: cuando logran reproducirse solas, forman matrices vivas que sostienen la biodiversidad. Estas praderas están compuestas por especies de hierbas nativas y endémicas de la zona central de Chile, tanto anuales como perennes, caracterizadas por su floración primaveral y su bajo consumo hídrico, seleccionadas y combinadas bajo criterios ambientales, paisajísticos y agronómicos, buscando evocar las dinámicas estacionales y la fisonomía de la estrata baja del paisaje vegetal de la zona central.
Tres hectáreas y media y dos palabras
El resultado de estos ensayos es una intervención de tres hectáreas y media, donde la palabra AGUAVEN se inscribe en el paisaje a través de distintas técnicas regenerativas. Una vez culminado el ciclo constructivo de las siete intervenciones, estas componen el mensaje como un geoglifo ecológico —un ecoglifo—, un conjuro inscrito en un paisaje que da inicio a su regeneración.
Este proceso fue documentado en una obra de videoarte, exhibida en la Bienal de Artes Mediales, y en un fanzine de distribución abierta y descargable, que busca resumir las estrategias de restauración aplicadas en terreno con la esperanza de que puedan ser replicadas en otros lugares.

Registro de la proyección: Gianfranco Foschino
Durante el proceso se generaron distintos registros, utilizando dron y otros dispositivos para extender la comprensión del proceso regenerativo del predio intervenido. Pero desde el arte, esa mirada aérea se dejó de lado para elaborar un trabajo de documentación sensible: una composición que retoma la mirada múltiple del equipo, reivindica la visión a escala humana y recompone, sin fusionar, la experiencia particular de cada letra, de cada escultura que se transforma en un paisaje que avanza hacia su regeneración.
La pregunta por cómo esta obra dialoga con el concepto curatorial de Hiperrealidades no es un detalle protocolar, sino el núcleo mismo del proyecto. Si, como propone Baudrillard, la hiperrealidad describe un mundo donde los signos y las imágenes ya no representan lo real sino que lo producen, entonces los relatos que sostenemos sobre la naturaleza no son inocentes, nuestro propio concepto se encarna en paisaje: moldea directamente la forma en que habitamos y nos vinculamos.
AGUA VEN parte de esa premisa para intervenir no solo un territorio físico, sino la narrativa dominante que reduce la naturaleza a recurso y superficie de explotación. Frente a ese relato, el proyecto ensaya otros posibles: relatos de regeneración, de colaboración, de coexistencia entre lo humano y lo no humano. El video que se exhibe en la Bienal no es un simple documento de lo hecho en terreno; es una segunda capa de construcción de sentido. La obra vive simultáneamente en el paisaje —donde activa procesos ecológicos reales— y en su traducción audiovisual, donde esos procesos se vuelven visibles, narrables y compartibles. Regenerar un territorio implica, entonces, regenerar también los relatos que lo sostienen.
La pregunta que abre el proyecto —si en la naturaleza todo cumple un rol único e irreemplazable, ¿cuál es el nuestro?— no busca una respuesta cerrada, sino que instala una inquietud de fondo en quien recorre el fanzine, observa la instalación o camina el terreno maulino donde todo comenzó.
En ese sentido, AGUA VEN no es solo una obra sobre la restauración de un bosque erosionado por el fuego y el monocultivo: es un ensayo —en el doble sentido de intento y de ejercicio— sobre qué significa habitar un territorio con responsabilidad, y sobre cómo el arte, lejos de limitarse a representar esa relación, puede convertirse en una de sus formas activas de reparación.
La instalación audiovisual Agua Ven se estrenó en Hiperrealidades, 17ª Bienal de Artes Mediales de Santiago y se exhibió en la sala Simbiotika de Talca. El proyecto ha sido presentado en instancias académicas como las Jornadas de Humanidades y Ciencias Sociales: AGUA VEN y la inauguración del año académico de la Carrera de Conservación de Recursos Naturales de la Universidad Católica del Maule (UCM). Hasta esta publicación en Revista Cuencas, hemos hecho dos activaciones del fanzine: en el Eco-Parque Peñalolén y en el MAC-Quinta Normal.











